¿No les ha pasado que a veces están pensando en mil cosas que cuando alguien les dice su nombre no lo pueden recordar? Esto me ha ocurrido tantas veces que tengo que admitir que soy una total despistada para recordar nombres.
Hace algunos años conocí a un muchacho en la universidad, y nos enganchamos en una conversa que duró horas de horas. Una semana después lo volví a ver en la facultad, recordaba todo lo que habíamos hablado pero no me acordaba de cómo se llamaba. Nos sentamos en una banca mientras esperábamos nuestras respectivas clases cuando llegó una amiga mía, me saludó y se sentó con nosotros. Pensé que era el momento de presentarlos… pero no recordaba el nombre del muchacho, solo dije: “Te presento a un amigo que estudia filosofía”, y ella dijo: “María, mucho gusto”. Esperaba que él dijera también su nombre; sin embargo, solo dijo: “Mucho gusto”, vio su reloj y dijo que tenía que entrar a una clase y se fue. Hablé con él muchas veces más, tenía la esperanza de que su nombre se filtrase en alguna vez, me daba pena que él recordara hasta el día de mi cumpleaños. Así pasaron meses y meses.
Luego de terminar la universidad me lo encontré, hablamos un poco y cuando nos despedíamos me dijo: “A propósito, me llamo Andrés, esta vez no te olvides”. Qué vergüenza, todo ese tiempo él supo que yo no recordaba su nombre.
Esta semana conocí a una diseñadora muy interesante, hablamos horas de horas, pero tampoco recuerdo cómo se llama. Debe ser algo tan fácil como Andrés… creo que la llamaré Andrea. Sí, soy una muy mala amiga.
Hace unas semanas entré a la librería a ver qué títulos nuevos encontraba, pero no sé por qué terminé en la sección de artículos para oficina. Debe ser porque me encanta el olor de los cuadernos nuevos... ¡ah!, pero esa es otra historia. El hecho es que me descubrí cogiendo una linda caja de colores, tenía 24 lápices, de colores alucinantes. Me dio pena recordar que no sé dibujar ni a un patito (por más que mi mamá me enseñó a hacerlo con el número dos nunca me salió bien). Creo que desde allí vienen mis frustraciones artísticas… Bueno también desde que me jalaron en la clase de dibujo en el kinder porque cada vez que usaba los colores me salía de los límites del dibujo. Mis padres pensaban que eso de lo artístico no era muy importante en su hija, que, según ellos, quería ser médico. En fin, un año después me veía yo a los 5 años, en mi clase de primer grado siendo la burla de mis compañeros por no dibujar bien un patito, o una casita…
Seguía acariciando los colores, y pensaba que sería lindo tenerlos en casa, pues aunque nunca los usaría, serían un buen método para mantener ocupado a Gabo (el sobrino de Da). Así que compré los colores Faber Castel, de forma triangular ergonómica y una zona de agarre suave para manejarlos firmemente, de colores luminosos y completamente acuarelables, y hechos en Alemania. Pero no resistí la tentación y al llegar a casa empecé a dibujar un pato. Me gustó el resultado.
Ahora me doy cuenta de que tal vez no soy mala dibujando patos o casitas, quizá aún no es tan tarde. Y lo confieso me niego a prestarle MIS lápices a Gabo.
Otro hombre levantó la mano, otra pregunta se presentaba, El Señor habló a Moisés y le dijo, El extranjero que reside con vosotros será tratado como uno de vuestros compatriotas y lo amarás como a ti mismo, porque también vosotros fuisteis extranjeros en tierras de Egipto, eso dijo el Señor a Moisés. No acabó, porque el escriba, animado por su primera victoria, lo interrumpió con ironía, Supongo que no es tu idea preguntarme por qué no tratamos nosotros a los romanos como compatriotas, dado que son extranjeros, Te lo preguntaría si los romanos nos tratasen a nosotros como compatriotas suyos, sin preocuparnos, ni nosotros ni ellos, de otras leyes y otros dioses, También tú vienes aquí a provocar la ira del Señor con interpretaciones diabólicas de su palabra, interrumpió el escriba, No, sólo quiero que me digas si de verdad piensas que cumplimos la palabra santa cuando los extranjeros lo sean, no con relación a la tierra donde vivimos, sino a la religión que profesamos, A quién te refieres en particular. A algunos hoy, a muchos en el pasado, quizá a muchos más mañana. Sé claro, por favor, que no puedo perder el tiempo con enigmas ni parábolas, Cuando vinimos de Egipto, vivían en la tierra que llamamos Israel otras naciones a las que tuvimos que combatir. En aquellos días los extranjeros éramos nosotros, y el Señor nos dio orden de que matásemos y aniquilásemos a quienes se oponían a su voluntad, La tierra nos fue prometida, pero tenía que ser conquistada, no la compramos, ni nos fue ofrecida, Y hoy está bajo un dominio extranjero que estamos soportando, la tierra que habíamos hecho nuestra dejó de serlo, La idea de Israel mora eternamente en el espíritu del Señor, por eso dondequiera que esté su pueblo, reunido o disperso, ahí estará la Israel terrenal, De ahí se deduce, supongo, que en todas partes donde estemos nosotros, los judíos, siempre los otros hombres serán extranjeros, A los ojos del Señor, sin duda, Pero el extranjero que viva con nosotros será, según la palabra del Señor, nuestro compatriota y debemos amarlo como a nosotros mismos porque fuimos extranjeros en Egipto, El Señor lo dijo, Concluyo, entonces, que el extranjero a quien debemos amar es aquel que, viviendo entre nosotros, no sea tan poderoso que nos oprima, como ocurre, en los tiempos de hoy, con los romanos, Concluyes bien, Pues ahora vas a decirme, según lo que tus luces te aconsejen, si llegáramos un día nosotros a ser poderosos, permitirá el Señor que oprimamos a los extranjeros a quienes el mismo Señor mandó amar, Israel no podrá querer sino lo que el Señor quiere, y el Señor, por el hecho de haber elegido a este pueblo, querrá todo cuanto sea bueno para Israel, Aunque sea no amar a quien se debería amar, Sí, si esa fuera finalmente su voluntad, De Israel o del Señor, De ambos, porque son uno, No violarás el derecho del extranjero, palabra del Señor, Cuando el extranjero lo tenga y se lo reconozcamos, dijo el escriba.
Exigen las convenciones que rigen la falsa modestia literaria que el escritor realice un acto de contrición y se disculpe ante el lector cada vez que, bien para apoyar su argumentación o por reconocerse incapaz de enunciar con mayor precisión algo que ya expresó con anterioridad, decide caer en la tentación de citarse a sí mismo. Igualmente, ha de pedir disculpa si dicha cita fuese demasiado larga, aunque, en tal caso, resulte indiferente que el pasaje transcrito sea de su propia autoría o provenga de la pluma de un colega. Por tanto, en acatamiento a tales convenciones empiezo por pedir doblemente perdón al lector: primero, por haberme copiado y, en segundo lugar, por hacerlo extensamente. La larga introducción anteriormente incluida (y que excede de una página...) forma parte de un capítulo de mi novela El Evangelio según Jesucristo, obra que pretendía describir, como su título prometía, otra 'vida' de Jesús, de las más de 600 que en los últimos 200 años fueron publicadas... ¿Qué se narra en ese capítulo? Que tras descubrir que había sido el único en escapar a la matanza de los niños de Belén, el primogénito de José y María, a la edad de 13 años, abandona la casa paterna y se dirige al Templo con el objetivo de preguntar a los ancianos sobre el sentido de la responsabilidad y el alcance de la culpa, en particular si es inevitable que el hijo esté condenado a heredar por siempre jamás la culpa de los padres, culpa que, en el caso que nos interesa, consistía en un delito de omisión cometido por José, por cuanto que, pese a haber sido advertido a tiempo por el ángel de que los soldados irían a Belén para matar, no le pasó por la cabeza avisar a los vecinos del peligro que amenazaba a sus hijos, toda vez que el malvado Herodes, al no poder, obviamente, identificar al niño que, según los Reyes Magos, estaba destinado a ser el rey de Israel, forzosamente ordenaría que eliminasen a todos los niños, único modo de asegurarse de que en el futuro nadie le disputaría el trono. (A propósito, obsérvese, si profundizamos un poco en tal delicado asunto, que a la luz del mero sentido común, era totalmente imposible que Jesús pudiese ser asesinado en Belén. Un minuto de reflexión hubiese bastado para comprender que Dios nunca enviaría a su único hijo a salvar a la impenitente humanidad para verlo morir asesinado a los pocos días o semanas en una oscura aldea palestina, cuando el niño aún no había podido articular la primera sílaba de su mensaje redentor...). Después de que el hombre que había realizado la pregunta, vencido aunque no convencido, se hubiera retirado del debate, Jesús terminó por interrogar al escriba pero, dado que la respuesta que le fue dada no es indispensable para la materia ni para las intenciones de esta reflexión, prefiero dejarla en suspenso, si bien precisamente las culpas y responsabilidades que se derivan de nuestra existencia, tanto las directas como las indirectas, tanto las asumidas como las ocultas, son, como sabemos, una presencia constante en todos nuestros actos y palabras.
Hablemos de imágenes inolvidables. Guardo en la memoria, por ejemplo, el primer sapo que vi, el pelaje suave del ala de un murciélago, una cobra que muda su piel, las ramas de una haya movidas por el viento a la luz de la luna, un valle verde cerca de Vinhais, en el norte de mi país, el rostro de una gitana, una puesta de sol en Lanzarote, la puerta que Miguel Ángel realizó para la Biblioteca de Lorenzo de Médicis, un Descenso de la Cruz de Antonio de Crestalcone, el tímpano de Moissac, un retrato de Rembrandt, la nieve en la cordillera andina, las montañas de Machu Picchu... Como cualquier otra persona, guardo en la memoria otras muchas imágenes bellas o conmovedoras, pero también algunas horribles, algunas repugnantes, algunas insoportables. Tomo aquí dos de ellas y dejo al criterio del lector decidir en cuál de esos grupos, o si en todos ellos, las quiere incluir. La primera imagen muestra a un soldado martilleando la mano derecha de un hombre que otros dos soldados inmovilizan. El soldado es israelí, el hombre a quien le está partiendo los huesos es un palestino que había sido descubierto lanzando piedras. La segunda imagen muestra una cabe za vista desde detrás y dos manos que empuñan y alzan en el aire, una de ellas el Corán y la otra un fusil automático. Estas manos y esta cabeza son de un palestino. No tengo ninguna imagen de manos hebreas levantando un rollo de la Torá, pero los fusiles lo remplazan, ya que las armas del ejército israelí son disparadas en nombre de la Torá, como también en su nombre se aplastaron huesos de palestinos durante la primera Intifada. Y huelga decir que el fusil palestino disparó, dispara y disparará en nombre del Corán.
No importa que el Señor recomendara a Moisés: 'El extranjero que reside con vosotros será tratado como uno de vuestros compatriotas y lo amarás como a ti mismo, porque también vosotros fuisteis extranjeros en tierras de Egipto'; no importa que el hombre preguntase: 'Sólo quiero que me digas si de verdad piensas que cumplimos la palabra santa cuando los extranjeros lo sean, no con relación a la tierra donde vivimos, sino a la religión que profesamos'; no importa que él le recordara la palabra imperativa de su Señor: 'No violarás el derecho del extranjero', siempre hubo y habrá un político, un militar o un escriba dispuesto a darle la implacable respuesta: 'Cuando el extranjero lo tenga y se lo reconozcamos'. Para los sucesivos gobiernos de Israel, para la mayoría de la población israelí, probablemente para la mayor parte de los judíos del mundo y también para los muchos países de la comunidad internacional que, en la práctica, por razones evidentes u oscuras, están comprometidos con la política xenófoba de Israel, todo ocurre como si los palestinos no tuvieran ni el simple derecho a existir personal o colectivamente. La condición extrema de extranjero en su propia tierra a la que desde hace muchos años se encuentra reducido el pueblo palestino no bastó para que le fuera reconocido ese derecho que Jehová especificó expresamente a Moisés: 'Lo amarás como a ti mismo'. El hombre tenía alguna razón cuando dijo: 'Concluyo, entonces, que el extranjero a quien debemos amar es aquel que, viviendo entre nosotros, no sea tan poderoso que nos oprima'. Creo que es de esto de lo que se trata realmente. Palestinos e israelíes han nacido, vivido y perecido sobre un pedazo de tierra que es, para todos ellos, no sólo la realidad de un presente y la posibilidad de un futuro, sino también algo que denominaré el espacio inalienable de un pasado: la metralla con la que se están exterminando levanta del mismo suelo el polvo que pisaron los antepasados de los unos y de los otros (incluyendo a aquellos que desde Abraham tuvieron en común...), pero eso, hasta la fecha, no liberó a ninguno de ellos de la voluntad irreprimible de oprimir y del terror igualmente irreprimible a ser oprimido. Los lazos que históricamente los mantenían y mantienen atados al prejuicio, a la venganza y al odio, fueron y siguen siendo mortalmente moldeados y templados por las respectivas religiones en su más fanática expresión. La intransigencia religiosa no es seguramente la menor de las causas del interminable conflicto que opone, generación tras generación, a israelíes y palestinos. Ciudad a la que, desde hace miles de años, se le da el apelativo de Santa o Sagrada y que un día, inevitablemente, cuando del paso del hombre por el planeta sólo queden escombros y desolación, será equiparada al más anónimo de los muros derrumbados, Jerusalén nunca fue, paradójicamente, un lugar de paz. O, a fin de cuentas, tal vez no sea tan paradójico. Ha llegado la hora de reconocer que las religiones, todas y cada una de ellas, jamás servirán para reconciliar a los mismos seres humanos que las inventaron, sino que, por el contrario, fueron y continúan siendo fuente de intolerancia, raíces de coacción, máquinas de sufrimiento y tortura, motores permanentemente engrasados de genocidios. Fue Tertuliano quien dijo: 'Creo porque es absurdo'. En vista de los actuales acontecimientos en Palestina y de otros a este tenor en el resto del mundo, no pienso que sea abusar del sentido de la particularísima relación entre causa y efecto establecida por aquella afirmación dejar a la consideración del lector la idea de que en materia de creencia en el absurdo todavía no hemos salido del tercer siglo de la era cristiana...
La explanada que el adolescente Jesús atravesó para acceder a las escaleras del Templo no es la mencionada en el título de este artículo. La explanada del absurdo (ese absurdo que parece ser, según Tertuliano, condición de la creencia) es la Explanada de las Mezquitas, uno de los lugares santos del islam en Jerusalén, en la cual se encuentran también los restos del antiguo templo de David, sobre el cual los sectores ortodoxos hebreos pretenden construir un nuevo santuario y establecer un Estado teocrático judío. La deliberada provocación de Ariel Sharon al visitar la Explanada de las Mezquitas, con el propósito de reivindicar el lugar en nombre del judaísmo, acrecentó en la obstinada lucha del pueblo palestino por su independencia un elemento de exacerbación religiosa que más tarde se convirtió en insurrección generalizada. Es la nueva Intifada, más de 2.000 muertos y un número incalculable de heridos hasta ahora. Unas paredes levantadas a las que dieron el nombre de mezquita de Omar, unas piedras viejas a las que llamaron templo de David, es todo lo que bastó para que en nombre de Dios (pero, ¿qué Dios? ¿Habrá un Dios para los judíos y otro Dios para los palestinos? Dios, de existir, ¿no será forzosamente único? ¿Continuará Dios siendo Dios si se extingue la especie humana? Y si continúa, ¿para qué continúa? ¿Para quién?), repito, ¿bastarán esas paredes y esas piedras, surgidas, como todo, del principio del mundo, para que a ojos de Dios todos los crímenes se vuelvan legítimos, y no sólo legítimos sino justos, y no sólo justos sino imperativos? Si la razón y la fe sirven para esto, ¿no sería mejor que todos enloqueciéramos?
Digan lo que digan los teólogos, matar en nombre de Dios siempre será hacer de Dios un asesino. Digan lo que digan los teólogos, ningún Dios que se respetase consentiría que un ser humano perdiese la vida por él. Digan lo que digan los políticos, los militares, los doctores de los templos. Y los escribas.
Debería haber estado escribiendo algo para una revista, pero sencillamente eso del vértigo de la página en blanco me duele mucho estos días. Y como se me está haciendo costumbre terminé haciendo mil cosas diferentes, como hablar con mi mejor amigo en Perú.
Es increíble que haya llegado a ser mi mejor amigo, pobrecillo no sabe en qué súper problema se ha metido.
Jose (sin tilde) adora el cine, tanto que lo ha llevado a editar una revista. Recuerdo que lo conocí hace algunos años por culpa de esa revista. Él quería ser editor y yo quería ser correctora de estilo. Y un día nos encontramos en medio de dos historias un poco complicadas. Nos dimos cuenta de que “lo nuestro” (muy entrecomillas como siempre en joda) nunca podría ser. Luego conocí a Dami, me casé y terminé en Tiquicia; y él volvió con esa de cuyo nombre no puedo acordarme (a la que hemos dedicado miles de tertulias).
Ahora estamos, como él dice, a miles de años luz; sin embargo, hablamos mucho más que antes, apretamos agendas para escucharnos (leernos) el uno al otro, compartir frustraciones, planear venganzas que nunca cumpliremos, contarnos los chismes de conocidos en común, hablar de cuánto odiamos a los gatos de los vecinos.
Jose sueña con que salga embarazada de gemelos para ser tío de dos de una sola vez por todas (ese fue su oscuro deseo de año nuevo), yo quiero que él sea feliz, y que entienda que el mundo no es tan gris, que tiene pintitas rosadas y verdes si uno mira con mucho cuidado. Jose espera que vaya pronto a Lima para meternos en cualquier huarique y emborracharnos a punta de pisco y vinos bien peruanos porque supone (y supone bien) que estoy harta de tanto vino gringo y chileno, yo quiero llegar a Lima para comernos la butifarra calientita en el cafetín de la Camaná. Jose siempre pide que le envíe café, yo espero que algún día me envíe todititos los números de Godard! que me faltan, porque quién más que yo corrigió los horrores ortográficos de esa revista antes de que se fuera a imprenta.
He perdido el contacto con algunos amigos desde que estoy en Ticolandia, pero me quedan los buenos.
Hoy recibí el comentario más extraño, un muchacho anunciaba que tenía cáncer, y pedía apoyo moral, de cierta manera utilizó mi blog para hacer pública su enfermedad. Hasta allí me pareció un poco morboso anunciar a todo mundo (a gente que no conocía, ni si quiera por la red) que estaba enfermo, pero cada uno es libre de decir lo que quiera en su blog.
Bueno, visité el blog de ese muchacho, y me llamó la atención que pidiera ayuda económica para solventar sus gastos médicos, le daba mucha pena hacer eso, pero decía que era muy pobre, y que tenía que esperar mucho para que lo atendieran en el hospital.
He visto y escuchado tanto acerca de estos temas que la verdad ya no sé qué creer. Las cosas que uno vive nos vuelven tan incrédulos que esperamos pruebas. Lo siento, pero me incluyo en este grupo de personas. He dejado el comentario del muchacho en mi blog, queda en cada uno creerle o no.
Veía salir a la gente de sus casas, algunas tenían niños en sus brazos. Pensé que había ocurrido un accidente en la vía y que las personas querían ver qué había pasado. Miraba por la ventana del bus y a lo largo de la pista más y más gente salía de sus casas con cara de susto.
Bajé a dos cuadras antes, el día estaba muy bonito y quería caminar un rato. Era raro que las personas todavía estuvieran en las puertas de sus hogares, escuché ambulancias, pero no lograba entender. Caminé tranquilamente hasta mi casa.
Al abrir la puerta, escuché el teléfono, pensé que era Da pues me había pedido que le revisara unas cosas antes de que salgan en el periódico. Pero era su mamá, quería saber si estaba bien, le dije que sí, y me contó lo del fuerte temblor. Recién entonces me di cuenta de que varios libros se habían caído de los estantes y había un vaso roto en el suelo.
Intenté llamar a Da, pero la red estaba saturada. Andaba preocupada porque el edificio donde trabaja tiene muchos vidrios grandes. Ahora sí yo tenía la misma cara de las personas de las calles. Vi las noticias, y pasaban tomas de edificios que habían sufrido daños.
Después de casi tres horas pude hablar con él, afortunadamente, estaba bien; y ya me estaba bombardeando con textos que referían el súper temblor para revisarlos. Esperaba que viniera temprano, pero con el suceso de hoy, creo que se quedará más tiempo en la oficina.
Aún tiembla de vez en cuando. La casa se bambolea, pero no me asusto, creo que es porque no sentí el movimiento más fuerte, o será porque el después del terremoto de Lima, puedo aguantar cualquier cosa. En fin, estoy cenando sola, y veré a Da cuando pase el temblor.
Resfriada. Decidido, no iré al concierto, me siento terrible. Llamo a Damián para cancelar, pero no contesta. Espero. Tengo la esperanza de que las dos antigripales que he tomado surtan efecto.
Bueno, me siento mejor, me pongo las zapatillas y salgo para el teatro. El concierto recién empieza en una hora, así que Damián y yo podremos ir a comer algo antes.
Dentro está Damián corriendo para todos lados. Anda organizando las cámaras para el concierto. Yo tengo fiebre nuevamente. Lo invito a comer algo, pero no me ha hecho caso porque anda en mil. En fin, hablo un rato con Marcela, voy al baño, y busco un lugar en el palco en primera fila. Damián aparece con un perro caliente y una Fanta –en ocasiones como esta entiendo por qué tiene mi adoración eterna–. Saludo a algunos amigos que han decido estar de pie más cerca del escenario, yo apenas me muevo. Ahora entiendo a Garfield. Hoy soy una Garfield que quiere escuchar Los Pollitos.
El sonido, las luces, efectos y videos de fondo están alucinantes. Este concierto me ofrecía: cinco grupos de rock ticos, buena música y barra libre todo lo que durara el evento. Qué más se podía pedir. Luego de cuatro grupos, aparecía el grupo por el que había esperado y vencido la fiebre. Café con Leche, simplemente, espectacular.
Luego de dos birras (léase chelas), estoy más que entonada.
Si al principio solo tenía fiebre, ahora estoy afónica y toda constipada y temblando como perro con parvovirus –o mejor aún, Garfield con parvovirus–. Pero estoy contenta, todo ha valido la pena.
Da está exhausto, mete las cosas al carro. Subo, me acurruco en mi asiento, en el camino pienso que sería buena idea hacer mañana lasagna, igual mañana no es lunes y me sentiré mucho mejor.
No me termino de acostumbrar a la “bendita” maría (taxímetro). Sigue siendo raro subirme a un taxi y decirle hacia dónde voy sin tranzar primero el precio. Luego ir viendo como los números del taxímetro avanzan y avanzan cuando el tráfico se pone pesado, y cómo siguen avanzando cuando el semáforo se pone en rojo. Ah, es que el coso ese avanza aunque el carro esté sin moverse.
Andar en taxi en San José es toda una aventura, pero ya más o menos sé lo que me cobran del supermercado a mi casa por ejemplo, uno se va aprendiendo el precio por distancia. Alguna vez me ha pasado que he tenido que bajarme una cuadra antes de llegar a mi destino porque me parecía un robo lo que me iban a cobrar. Otras veces he reclamado, pero me dan las respuestas de siempre, “es lo que marca la maría, tita”, o “qué raro, machita, recién la llevé para que la arreglaran”. Hasta hace unos días recién me di cuenta cómo algunos conductores manipulan sus taxímetros para que estos avancen un poco más rápido después del primer kilómetro; ya no me volverán a hacer “cholita”.
Aunque sea imposible de creer, hecho de menos preguntarle al chófer cuánto me va a cobrar antes de subirme, es ridículo, pero sí lo extraño mucho. Prometo que la próxima vez que vaya a Lima no pedir que me cobren un sol menos, me acordaré de la maría y viajaré feliz sin mirar fijamente el coso que marca y marca… y termina desesperándome.
Hace tiempo que quería hablar de “aquello”. Hoy sentada, con una taza de té,no me puedo acordar exactamente de cómo empezó, pero quiero hablar de su impacto en mi vida.
Somos la suma de todos nuestros recuerdos (incluso de aquello que hemos olvidado). Solía pensar que nunca debí de haber contestado ese mensaje, que no debí de acudir a la cita; si hubiera terminado “aquello” antes de que se convirtiera en una gran bola de nieve. Hasta cierto punto siempre tuve la facultad de detenerlo, pero no pude (o no quise), dejé que las cosas fluyeran. Terapia, lágrimas, depresión, insomnios, promesas. Entiendo que “aquello” fue una preparación para lo que NO debo de hacer.
Ahora siento como si hubiera llegado a la meta después de un largo y cansado viaje. Me estoy curando. A veces los recuerdos no de “aquello” sino del “resultado de aquello” me duelen, sé que eso estará conmigo siempre; sin embargo, lo veo sonreír y me siento mucho mejor. Desde que está en mi vida, el mundo es a colores.
El nombre no se ha borrado, tu cara sí. Se mezcla con otras caras, deformándose. No sé si todo es parte de la tortura, ya no distingo. No sé si él te dará esta carta, no sé si es amigo o miente. Hubiera querido abrazarte, pero me muero. Queda poco tiempo.
He visto el tren, nos he visto dentro muchas veces esperándote, y tú sin saberlo. Otras veces lo sabías, y huías a tiempo. O lo han inventado para que les diga dónde estás. Tengo que evitar que subas a ese tren, porque te va a llevar a la muerte. Otras veces estás ya muerto, como yo. Otras me hablas y sonríes y dices cosas que nunca habías dicho, y que me quieres. Yo hubiera querido quererte, pero no pude.
A veces sueño que seguimos allí y que el tiempo es nuestro. Y que tu boca recorre mi cuerpo desnudo y entonces mis hijos nos ven abrazados, desnudos. Pero ya no son mis hijos. Son los hijos de ella. No los conozco. No conozco a nadie.
¿Recuerdas? La libertad viaja contigo en ese tren. Si te encuentran, te matarán. Y la ciudad seguirá creciendo sin salidas para nadie. Sólo tú puedes enseñarles a mis hijos a andar ese camino.
Esta semana no me siento tan nostálgica de Lima. El clima ha estado de mi lado… gris, gris, gris. Por fin ha dejado de llover, ahora una fina garúa lo cubre todo.
Caminar por San José es casi como andar por la Arequipa (pero sin combis) en invierno.
Saqué, por fin, de las maletas abrigos y bufandas. A diferencia de los ticos, que han estado un poco tristes porque se les ocultó el sol, yo he estado muy contenta mirando el cielo, mi cielo color de panza de burro (como decía Vallejo).
Hace poco hablaba con José de que quería adoptar un perro, y me acordé de una cosa que mi madre me hizo notar: algunos dueños de perros con pedigree se parecen a sus mascotas, aquella vez ese comentario me dio mucha risa; sin embargo, hoy después de muchos años, me he dado cuenta de que de alguna extraña manera mi madre no estaba equivocada.
Conocí una vez, en Lima, a Mafalda, una bull dog, cuyo dueño era un señor gordísimo. Luego está la vecina de la casa de mis papás que siempre andaba con la nariz levantada, tenía un pekinés. En mi vecindario está una señora muy alta y rubia tiene la nariz muy grande y puntiaguda y tiene como mascota a un afgano.
Me pregunto si yo me habré parecido a alguna de mis perras, un par de mestizas divinas (aunque Da diga que son horribles, aunque para uno que adora a los perros, ellos son como los hijos, nunca los puedes ver feos, aunque esa es otra historia).
Creo que me miraré mucho al espejo antes de elegir que tipo de perro voy a adoptar.
No necesito que me pregunten si la quiero o si la extraño. Creo que ella debería (¿?) saberlo. Sin embargo hay días en los que no tengo con quién hablar entonces me acuerdo de mi agujerito y me veo comiendo, gritando y abrazándola fuerte mientras vemos una película de terror (con arañas).
Acabo de ver una película española que se llama Solas (1999)
de Benito Zambrano.
María es una mujer que a los 35 años no sabe que hacer con su vida. Su padre enferma y es internado en un hospital de Sevilla, su madre (Rosa) se queda unos días en su casa. A pesar de que María odia a su padre por los golpes y maltratos como fue criada, tiene el mismo carácter y vicios que él. Rosa es una anciana que a pesar de haber llevado una vida llena de sufrimiento busca la bondad en las personas. La vida de madre e hija discurre en un edificio de Sevilla, donde conocen al anciano (el vecino) jubilado, quien se resiste a compartir la vida con los demás humanos y solo acepta la compañía de Aquiles, su perro, tan anciano como él.
Creo que el título de la película es muy sugerente. La soledad interna de cada uno de los personajes duele, a algunos más a algunos menos; pero está siempre presente. Es como si el alma tuviera callos y haga imposible abrirse con otro. No creo que el director haya querido dejar una enseñanza moral con esta historia. Pero me gusta este tipo de películas, sin efectos especiales, sin diálogos enrevesados. Es la historia de cualquiera de nosotros. Imagino que mi historia también puede servir para un guión, eso me divierte.
Después de muchos años recuerdo mis tardes en la San Marcos, las tardes de invierno con el cafecito en la mano (a veces ese cafecito era matizado con un poco de ron) para aguantar el frío húmedo de Lima, sentados en las bancas en plena conversa, sin ninguna preocupación… viendo la vida pasar… Charlie, Pipiolo, Efímera, las Temibles (Rocío, Giulianna y Anita), Doris y sus crisis existenciales, la ñanga de Carlitos, Lula, Pepe Nacho, Mariano, Virginia, Alan, Paul… Las vueltas que da, la vida al pasar.